Quizás la anécdota más importante de mi vida ocurrió el primer día en la guardería. Cuando mi madre vino a recogerme, le pregunté si ya había elegido una escuela para mí. Ella se sorprendió y me preguntó por qué le hacía aquella pregunta. Le conté que había estado pensando en ello y que ya lo había decidido: quería ir a una “escuela plástica”, porque me encantaba “plastelinar”.
Y así fue, años después: primero en el Zespół Państwowych Szkół Plastycznych de Cracovia (Escuela Estatal de Artes Plásticas de Cracovia), y ahora en el grado de Bellas Artes en la Universidad de Barcelona.
Para mí, el arte es una herramienta de autoconocimiento. Cada obra surge del deseo de mirar más de cerca una parte de mí y del mundo que habito, y de abrir la puerta a aquello que debe transformarse para vivir en un crecimiento consciente. Así, el proceso creativo se convierte en un acto de psicomagia, en una vía para resignificar lo vivido.